Maternidad versus deseo propio: mujeres que no quieren ser madres
La tendencia va en aumento en los últimos años. Está relacionada a los cambios socioculturales y a los deseos individuales de cada mujer.
 
Por Angélica Venier
14 de junio de 2024
Crédito: Gentileza.
 

Cada vez más mujeres priorizan sus motivaciones individuales independientemente de los mandatos culturales. De acuerdo con nuevos paradigmas sociohistóricos, la maternidad no es el único destino. El deseo materno estaría ligado a la construcción subjetiva de la estructura psíquica de una mujer y también a la cultura en la cual fue constituida.

En términos generales, ejercer el rol de padres y tomar la decisión sobre ello, implica una corresponsabilidad que va más allá de cualquier otra. Esto es porque la llegada de otro ser humano al mundo conlleva un compromiso irrefutable.

Ser padres es una decisión que abarca la responsabilidad absoluta por otro que necesita de los primeros cuidados, como así también el acompañamiento permanente a los fines de garantizar su óptimo desarrollo y habilitar todas las herramientas necesarias para su desenvolvimiento personal.

En dicho sentido, optar por esta decisión, debe responder y obedecer a motivaciones propias e individuales, que no estén sometidas a presiones de ninguna índole y que den cuenta de un anhelo propio y real  para llevarlo a cabo. En el caso de las mujeres, el devenir de la maternidad esconde, muchas veces, un imperativo implícito.

Esta valoración se ha perpetuado a lo largo de la historia y, de acuerdo con el constructo social de cada época, se une a una característica prioritariamente femenina, consecuente por su condición biológica.

A su vez existe la creencia del supuesto “instinto materno” el cual es entendido como una cualidad innata de las mujeres. Por lo que esta idea es limitante ya que, al seguir este supuesto instinto, deberán acatar a su destino. Se crea en ellas cierta presión de ser madre ante todo.

Entonces, ¿es la condición natural y biológica un determinante para el destino de la mujer? o ¿puede verse como un condicionante en lo que respecta a ellas? ¿Es la mujer ante todo madre? o ¿es un rol de género social impuesto, que no escapa a la condición femenina? En la actualidad, ¿es la maternidad una alternativa de elección personal o un imperativo sociocultural?

Frente a la pregunta individual de cuándo ser madre, esta puede ser tanto interna como externa, o bien, puede resonar en ambos espacios. Pero, no son tanto las preguntas en sí, sino más bien la respuesta, que interpela a cada una y que, de acuerdo con los valores culturales, se pone en tensión.

La libertad de poder decidir o elegir, supone un derecho. Las decisiones que se toman a lo largo de la propia existencia se enmarcan dentro de las circunstancias, tiempos, convicciones, sentimientos y valores de cada una de las personas.

Sucede que, en el caso de las mujeres, en algunas ocasiones, se cuestionan las formas en las que establecen relaciones o toman ciertas elecciones. Hay significantes que llevan a la descripción de sus influencias y el rol que deberían tener en la sociedad; ya sean estos significantes culturales, ideológicos, económicos, gubernamentales, subjetivos.

En el caso de los hombres, tampoco escapan a dichos roles impuestos y cómo estos deberían responder. No obstante, en la contemporaneidad, se han ido produciendo cambios notables en la concepción cultural respecto al papel femenino, permitiendo la emergencia de un nuevo paradigma frente a esta premisa. Ello trae aparejado no sólo cambios colectivos en el modo de ver la vida, sino también desde lo singular. La mujer ha comenzado a plantear diversos intereses respecto de sus deseos, posicionamientos y elecciones personales, incluido el deseo materno.

Actualmente ocupa una figura más activa, por lo que su rol no se ve relacionado exclusivamente a la tarea hogareña, a la atención de su pareja o a la crianza de sus hijos, como en épocas anteriores. Y la premisa mujer-madre es un equivalente que, en tiempos actuales, ha comenzado a perder peso como tal.

A lo largo de la historia, su rol fundamental se asociaba con la maternidad, casi como una cualidad inamovible del sentido del género femenino. Hoy, se puede observar cómo ha aumentado el índice de mujeres que han elegido no ser madres o pospuesto su maternidad a largo plazo, dejándolo en un segundo plano y hasta como última opción.

Ello se debe porque la humanidad responde a patrones biológicos, pero también ha creado, a lo largo de su existencia, modos culturales de relacionarse entre sí. Esto es lo que la hace ciertamente diferente del resto de las especies. Es necesario comprender que dicha esencia biológica está completamente atravesada por el lenguaje. El sujeto se introduce en el mundo de acuerdo con los primeros cuidados que otros ejercen y todo el influjo cultural que determina el entorno, donde se desarrollará posteriormente. Ello lo cambia todo.

Entonces, los actos que podrían pensarse como más unidos a lo propiamente biológico, como es el caso de la reproducción de una especie, se debe ver no sólo como un fenómeno consustancial propio de la biología, sino también en base al atravesamiento cultural mencionado.

De acuerdo con esto, y a medida que los países se vuelven más desarrollados, la tasa de natalidad tiende a caer debido a que las mujeres optan por continuar con su educación superior o con otras prioridades. Por lo tanto, el período de fertilidad biológica se ve ocupado por la formación y ejercicio profesional, entre otros.

En dicho sentido, el deseo de ser madre, y el ejercicio de la maternidad, se nutren de factores que tienen que ver con modelos que se han tenido ya sea: de la figura materna, el aprendizaje que se ha podido hacer de las vivencias personales y básicamente los discursos que operan en toda experiencia de vida humana. El concepto de deseo se acerca a las individualidades subjetivas de cada ser humano.

Por consiguiente, la maternidad no es solo una mera acción biológica.  Es propia del deseo individual. Y el ejercicio del rol materno se enmarca en diferentes condimentos que tienen que ver también con la transmisión generacional, cultural y los mandatos sociales.

Por tanto, la potencia del anhelo materno consiste en que dicha decisión sea derivada de un deseo. Es decir, contendrá las particularidades de cada mujer en la toma de dicha decisión.

A su vez, se tienen en cuenta los tiempos contractuales por los que la misma tiene un rol social distinto a sus antecesoras. Al ser el deseo inconsciente, éste surgirá de acuerdo con los vínculos individuales que establezca cada sujeto con sus primeros cuidadores.

Es por ello, que el deseo, en los términos abordados, se entiende como un hecho individual y particular de cada sujeto, y da cuenta de la implicancia subjetiva en la constitución psíquica de cada ser humano. Son características cualitativas que adquieren en dicha constitución. Son huellas que quedan de manera única e irrepetible en la experiencia de cada individuo.

En cada uno de los seres humanos hay un universo simbólico particular. De este modo, en la mujer, la concepción de la idea de maternidad estará determinada por lo mencionado anteriormente.

Hasta el día de hoy existen modos culturales arraigados e imperativos implícitos, discursos que perduran en el imaginario social. Por lo que la concepción mujer-madre sigue estando arraigada en las costumbres y en el modo en que se pone la mirada sobre su destino, independientemente del contexto de la misma y de sus respectivos intereses.

Hoy existe un rol activo de ellas, donde se da un beneficio importante respecto del lugar que ocupa. Y este posicionamiento, justamente, en tiempos contemporáneos, va más allá. Lo cual permite aventurarse a no anclarse en paradigmas arcaicos que remiten a limitarla solo a un rol maternal. Incluso, cabe mencionar que dicha característica maternal, puede estar presente y ser satisfecha no necesariamente con la llegada de un hijo, sino también en diferentes formas vinculares.

El imaginario social va perdiendo fuerza y los prejuicios también, aunque algunos empujes o imperativos pueden seguir estando presentes. Es cierto que los mismos son producto de procesos largos para que la sociedad acepte los cambios respecto de los mandatos impuestos y los roles asignados a los géneros de forma taxativa.

De todos modos, a pesar de ello, las mujeres pueden ejercer de un modo más libre sus motivaciones e intereses personales. Ya que dichos discursos o juicios peyorativos no son impedimentos para el desarrollo de sus potencialidades o deseos individuales.

La maternidad no debe verse como el único destino posible. El enigma femenino traza nuevos caminos y, gracias a los procesos históricos, se abre de forma más libre a nuevos posicionamientos respecto de su deseo.

Las mujeres han tomado la decisión de ir en búsqueda de otras necesidades que las completen. Su deseo, respecto de su existencia, no necesariamente debe estar unificado o atado al deseo materno.

La llegada de un hijo debe ser fruto de una decisión responsable y sana, desde la motivación y anhelo personal, y no por una imposición netamente cultural. Mujer y maternidad son nociones que tienen un vínculo entre sí, pero deben entenderse por separado.